—Sí, sí; mucho.
—¿Se le podría llamar?
—Sin inconveniente alguno. Es persona de confianza.
Se llamó al médico, un hombre joven y de mirada abierta, que examinó a la enferma y dijo que se trataba de una fiebre intermitente. Le marcó el tratamiento, que a Aracil le pareció bien, y María, a los cuatro días, comenzó a mejorar y a tener menos fiebre.
Gray anunció que se marchaba a Madrid.
—¿Qué piensa usted hacer?—preguntó, al despedirse, al doctor.
—No sé todavía. Nos iremos cuando María esté mejor.
—¿Adónde?
—El caso es que todavía no lo hemos pensado. Toda nuestra preocupación era salir de España, y nos parecía tan difícil, que no hemos formado ningún proyecto para después.