Repitió la niña la petición, y un día el doctor fué con su hija al camposanto. María puso unas flores en las tumbas de su madre y de su abuela y pasó el día bien; pero al irse a acostar le acometió un temblor nervioso, de miedo.
La impresión del cementerio le hirió de una manera tan profunda, que hasta le hizo enflaquecer. Afortunadamente, nadie, desde entonces, excitó su imaginación, y, paseando por la Moncloa con la criada y jugando, se tranquilizó pronto.
A los diez años, María ni sabía leer ni había puesto los pies en la iglesia. A ella misma le vino el deseo de aprender, y varias veces se lo expresó a su padre. Enrique Aracil ganaba ya bastante para darse el lujo de una institutriz, y buscó una. Tuvo la suerte de encontrar a miss Douglas, una mujer fea, pero buena y cariñosa, que enseñó a María a leer y a escribir, algunas nociones de Matemáticas y el inglés y el francés perfectamente.
El doctor Aracil la tomó con la condición expresa de que no hablara a la niña de religión; pero miss Douglas, como protestante fanática y catequista, llevó algunas veces a María a una capilla evangélica de la calle de Leganitos, pobre y triste y nada propicia para producir entusiasmos místicos.
El doctor no se trataba con la familia de su mujer; experimentaba por ella antipatía y desdén, sentimientos pagados en la misma moneda por los parientes de María.
Estos consideraban al doctor Aracil como un loco, casi como un monstruo; para Aracil, sus cuñadas y primos, por parte de su mujer, eran miserables, gente ruin, iglesiera, de mal corazón y de sentimientos viles.
María no conoció a sus tías y primas hasta los catorce o quince años. Era entonces María una muchacha de mediana estatura, más bien baja que alta, de ojos negros, pestañas largas, rostro ovalado y cabello entre rubio y castaño. Tenía una voz un tanto opaca, y, al hablar, un movimiento semimelancólico, semi-impaciente, de mucha gracia.
La primera vez que habló con sus tíos, aleccionada por su padre, le parecieron gente mezquina y de intención aviesa; pero luego fué comprendiendo que su padre había exagerado la pintura.
Sus primitas eran algo tontas, de una ignorancia terrible, pero no esencialmente malas. Lo característico en ellas era la falta de curiosidad por todo. Sus madres tenían la convicción de poseer unos portentos, unas mujercitas perfectamente aptas y educadas, y, sin embargo, estas muchachas vivían desde los trece a catorce años una vida inmoral, subordinando todos sus planes al marido futuro, si llegaba, estudiando las maneras de excitar el sentimiento sexual del hombre, dedicándose a la caza legal del macho, sin pensar que podían tener una vida suya, propia, independiente de la eventualidad del matrimonio.
La perspectiva soñada del marido rico les impedía realizar los actos más sencillos, de miedo a la opinión ajena.