La vida de la mujer española actual es realmente triste. Sin sensualidad y sin romanticismo, con la religión convertida en costumbre, perdida también la idea de la eternidad del amor, no le queda a la española sostén espiritual alguno. Así tiene que ser y es en la familia un elemento deprimente, instigador de debilidades y anulador de la energía y de la dignidad del hombre. Vivir a la defensiva y representar es todo su plan.

Cierto que las demás mujeres europeas no tienen un sentimiento religioso exaltado ni un gran romanticismo; pero con mayor sensualidad que las españolas y en un ambiente no tan crudo como el nuestro, pueden llegar a vivir con una sombra de ilusión, disfrazando sus instintos y dándoles apariencia de algo poético y puro.

María no participaba de estas ideas acerca de las mujeres; por el contrario, y con relación a ella, tenía fe en su vida y creía que no podía ser estéril y obscura, sino fértil y luminosa.

En aquel medio familiar, sobre todo entre las personas de alguna edad, María disonaba y experimentaba claramente la impresión de su desacuerdo con los demás. Todo lo que a los otros les parecía vituperable, ella lo encontraba digno de elogio, y al revés.

Luego veía siempre el entusiasmo por lo más vulgar, lo más pesado y estúpido, y el odio por la idea graciosa o el sentimiento un poco sincero.

La gracia amable sonaba allí como una chocarrería o una impertinencia, y si por casualidad brotaba alguna vez, todos, con apresuramiento, tíos, tías, primos y demás parientes y amigos, se esforzaban en enterrarla a fuerza de paletadas de vulgaridad y de sentido común.

La más simpática de los parientes era la tía Belén, hermana de la madre de María, casada con un empleado de Hacienda. Era esta señora buenaza y amable, sin gran talento ni comprensión, pero con un fondo de buena voluntad para todo. La cuñada de Belén, en cambio, la tía Carolina, era un basilisco. A mala intención no le ganaba nadie. Solterona, flaca, seca, de color cetrino, tenía la actitud fiera y el gesto desdeñoso.

Su alma era también seca como un cardo; no había en ella la más ligera benevolencia para nada ni para nadie; con todos se sentía implacable; odiaba a su hermano, a su cuñada, a sus sobrinos; inventaba desdenes u ofensas por el gusto de insultar y de mortificar. En la Zoología andaba, seguramente, cerca del ofidio. No le faltaba mas que el cascabel para pertenecer a la cofradía de las apreciables serpientes de este nombre.

Se decía que, enamorada de un hombre, su amor no correspondido le había agriado el carácter; pero esto era imposible de creer, porque aquella dama había sido agria desde el nacimiento.

La suposición de que la tía Carolina hubiese estado enamorada, sólo la podían hacer esas gentes que confunden el amor con las inflamaciones del hígado.