María, desde el primer momento, comprendió que su tía Carolina embestía, y la trató como a un toro furioso, y le daba cada capotazo que la desconcertaba.

Con sus primas, María llegó a simpatizar. Al principio creyó en su bondad y en su afecto, pero vió pronto lo superficial de sus ofrecimientos y protestas de amistad. En el fondo, las hijas de la tía Belén no la querían. Verdad es que odiaban a todas las mujeres. Decían de ella: «Sí; María es muy lista, muy elegante, no se puede negar; pero ¡tiene unas ideas tan raras!» Y en esto había ya como un intento de exclusión para su pequeña vida social.

Para aquellas muchachas, todo lo que no fuera esperar en el balcón al tenientito o al abogadito socio del Ateneo, tomaba el carácter de una extravagancia.

El sentimiento de la categoría social, unido al del pecado, enfermaba a estas mujeres el alma. Luego, el casuísmo de la educación católica les había infundido una hipocresía sutil: la idea de hallarse legitimado todo, con tal de llegar en buenas condiciones económicas a la prostitución legal del matrimonio. El hábito del disimulo y de la mentira, y el ir de cuando en cuando a jabonar en el confesonario sus pequeñas roñas espirituales, en compañía de un gañán moreno, de mirada intensa y barba azulada, les iba pudriendo lentamente el alma.

Para completarse y hacerse más desagradable, el poco ingenio que tenían estas niñas lo empleaban en decir chistes o en defenderse de los chistes. Para ellas todo el mundo era un guasón, y parecían creer que los hombres y las mujeres, al hablarse, no tenían más objeto que reírse unos de otros.

María, en medio de aquel ambiente infeccioso, intentaba luchar con otras armas, vivir con otras ideas, crearse una vida para ella sola, y esto lo comprendían sus primas y lo consideraban como una ofensa.

Veían también que una personalidad más fuerte atraía a la gente, y formaban ellas y sus amigas pequeñas conspiraciones para aislar y excluir a María.

A pesar de estos intentos de exclusión, la hija del doctor se desenvolvió fácilmente en el círculo de sus amistades, aprendió a bailar y a hablar en tono ligero e insubstancial, y ocultó con cuidado sus aficiones y sus gustos poco vulgares.

No le costaba ningún trabajo el aparentar una frivolidad que no sentía; al revés, la tomaba con una facilidad extremada. Para sentirse un poco seria, necesitaba estar en su casa, sola; si no, el ambiente la hacía ligera, inconstante y olvidadiza.

María Aracil se vió galanteada por jóvenes que le parecieron de una petulancia y de una vanidad ridículas, jóvenes irónicos, que no creían en nada mas que en sí mismos. María pensó que ninguno de ellos era de naturaleza tan preciosa para que valiese la pena de guardarlo cuidadosamente, y casarse con el escogido al cabo de algunos años.