Comprendía que sus primas y sus amigas, por instinto, con el fin de desembarazarse de ella, la impulsaban a que tomara en la vida una posición falsa, a hacerse marisabidilla; pero María sabía defenderse y hablar con la gente con una ligereza extraordinaria y demostrar que no tenía ni conocimientos ni gustos superiores a la generalidad.

Veía, al contrastarse con las demás muchachas, que las ideas de su padre, ideas de hombre, le habían hecho un ser de excepción.

Se acentuaban sus diferencias con las lecturas. En casa tomaba libros de la biblioteca del doctor, y los leía, sobre todo los de viajes. Leyó desde Heródoto hasta Nansen, y estas lecturas serenas, unidas a su falta absoluta de ideas religiosas, le permitieron poder pasear la mirada por encima de las doctrinas y de los hechos sin turbación alguna.

No llegó a formarse una concepción clara y definitiva, no ya del mundo, ni aun de su vida tampoco; pero consiguió no tener ni sombra de ese sentimiento malsano del pecado, herencia de una humanidad histérica y enfermiza.

La idea del pecado es una de las ideas más absurdas y más petulantes de las religiones. A primera vista, esta invención, que supone al hombre libre en absoluto, parece completamente austera; pero en el fondo no lo es, sino todo lo contrario.

El pecado es como la cáscara del placer: es el antifaz negro que vela el rostro del vicio y le da más promesas de voluptuosidad. Es, en último término, un excitante.

Un escritor, creo que Stendhal, cuenta que una princesa italiana del siglo xvii, al tomar un helado, una tarde sofocante de verano, decía:

«¡Qué lástima que esto no sea pecado!»

En el fondo, la frase es infantil, porque, o la princesa no creía gran cosa en el castigo del pecado, o suponía muy fácil el lavarlo con la confesión, o decía la frase por decirla. Seguramente, no hubiera dicho la princesa: