«¡Qué lástima que este helado no sea un veneno!» Porque entonces el peligro era real e inmediato. Con el fondo negro de la perversidad y del pecado, las tonterías humanas toman grandes perspectivas, y el hombre es, principalmente, un animal aparatoso y petulante.

Sin las sombras de la perversidad, ¿qué queda de don Juan? Con un poco de deshonor, de lágrimas y de infierno, don Juan se destaca como un monstruo; pero se suprime todo eso, desaparece el dilettantismo de la fechoría, de la deshonra y del demonio, lo malo se convierte en anómalo, y don Juan queda reducido a un hombre de buen apetito. En una sociedad en donde reinara el amor libre, el famoso burlador sería un benemérito de la patria, y el jefe del Estado le daría una palmadita en el hombro y le diría:

«Treinta años y cuarenta hijos. ¡Bravo, don Juan!», y le pondría una corona de laurel, en premio a su civismo.

A María, a causa de su educación, no le preocupaba la idea del pecado; cuando comprendía que había obrado mal, lo sentía; pero no daba significación trascendente a sus equivocaciones o a sus ligerezas.

En ella pesaba mucho un sentimiento de limpieza moral; alguna vez que comenzó a leer novelas de tendencia libre o erótica, al darse cuenta de ello, las dejó sin curiosidad.

Durante mucho tiempo estuvo arrepentida de haber leído Crimen y castigo, de Dostoievski, porque le turbó la conciencia y le produjo ideas turbias y desagradables. Y ella buscaba, sobre todo, sentir el alma limpia y ligera.


II.
EL HOMBRE BAJO LA MÁSCARA

María Aracil sintió desde niña un gran amor por su padre, aumentado luego con los años. El doctor Aracil se sentía orgulloso de su hija, viéndola tan bonita, tan fina, tan inteligente, y a María le halagaba también sobremanera ver a su padre joven aún, buen mozo, con una fama de médico inteligentísimo y de hombre extraordinariamente original.