María no podía juzgar a su padre con frialdad: viéndole a través de su cariño, le parecía un tipo de excepción, un ser superior y magnífico, sin el menor defecto ni mácula.

En realidad, el doctor presentaba todos los caracteres de un hombre de lujo, más superficial que hondo, más ingenioso que original y más cuco que sincero. Aracil no era capaz de experimentar grandes afecciones, ni de sacrificarse por nada ni por nadie; en cambio, sacrificaba a cualquiera por presentarse ante los demás en una postura gallarda o por colocar a tiempo una frase feliz.

Sentía el buen doctor una egolatría fundamental, de esas tan generales entre los cómicos, los profesores, los cantantes, los literatos y demás gente de perversa índole. Si su egolatría no se notaba en él en seguida, consistía en que era bastante listo para disimularla.

En su tertulia del café Suizo, formada en su mayor parte de médicos, era donde Aracil peroraba y lanzaba sus paradojas y sus frases brillantes.

Siempre estaba ideando algo, no con el fin de realizarlo, sino con el propósito de asombrar a la gente.

Oyéndole, y fijándose en sus frases, se notaba que tenía un repertorio de ingeniosidades, de salidas, de comparaciones, con el cual deslumbraba a sus interlocutores.

Tomaba una idea cerrada en una frase y la cambiaba mudando caprichosamente una de las palabras. Como lo mismo le daba asegurar blanco que negro, y no le importaba contradecirse, le era fácil el retorcimiento de la idea. El cambio le sugería otra frase, y así hacía marchar una tras otra, con travesura e ingenio; pero sus frases no terminaban en algo que pareciera una conclusión, sino que danzaban de aquí para allí, siguiendo un rumbo caprichoso, que muchas veces dependía del sonido o de la consonancia de un vocablo. Hay muchas personas que al decir una palabra recuerdan vagamente el objeto que representa: al oír decir libro, piensan en un libro en rústica o encuadernado; al oír decir casa, se la figuran grande o pequeña, con balcones o con ventanas, con tejado o sin él; pero otros muchos, y en general los oradores y los poetas, y más si son españoles, al decir una palabra no recuerdan ni la idea, ni el objeto que representa, lo que les permite el discurso brillante y el juego del vocablo.

La facundia proviene casi siempre de esta condición. En la cabeza del orador fácil, las ideas no brotan arrastrando las palabras, sino son las palabras las que van sugiriendo las ideas. Esto no es extraño; las palabras son vehículos del pensamiento, y les queda siempre un residuo espiritual. Un loro que repitiera palabras ambiguas llegaría a dar la impresión de un animal inteligente. Un orador que tiene un repertorio mucho más extenso que un loro, puede parecer inteligentísimo.

A Aracil le pasaba esto último; no iba más allá de las palabras.