Analizando los procedimientos de fabricar cosas originales de este médico sofista, se veía que procedían casi siempre de un artificio retórico. Uno de estos artificios estribaba en una antítesis casi mecánica, en una oposición sistemática de un concepto, por el contrario. Se decía delante de él, por ejemplo: «Hay que dar trabajo a los obreros», y él replicaba en seguida: «No; lo que hay que dar es obreros al trabajo». «Hay que europeizar España»; él contestaba: «Hay que españolizar Europa».
El otro procedimiento, también mecánico, de originalidad, usado por Aracil, era devolver la frase al interlocutor, aplicando palabras de ideas materiales a conceptos puramente espirituales, o al contrario, procedimiento que, a pesar de estar a la altura de cualquiera, no dejaba de producir efecto en los contertulios de Aracil.
Se le decía: «Habría que encontrar un medio de ventilar bien el hospital». Y él replicaba: «Lo primero sería ventilar bien las conciencias». Otro decía: «A los campos españoles les falta, sobre todo, abono químico». «Más abono químico les falta a nuestras almas, que están siempre en barbecho».
Este procedimiento lo había visto empleado Aracil, con éxito, por un catedrático de Medicina, de San Carlos; un señor a quien los papanatas de la Facultad tenían por un genio, porque, además de llevar melenas y de tocar el violín en el retrete, había tenido el desparpajo de construír, en pleno siglo xix, un sistema médico sobre la sólida base de unas cuantas frases, de unos cuantos chistes y de unas cuantas fórmulas matemáticas, aplicadas sin ton ni son, a los fenómenos de la vida.
Aracil, a veces, se sentía modesto y reconocía que no tenía sistema filosófico alguno; pero entonces aseguraba que no eran los hombres de ideas los que quedan, sino los hombres de frases.
—La cuestión es tener acierto—decía—; calificar al hombre superior de superhombre, se le ocurre a cualquiera; llamar a un hombre degradado ex hombre, como ha hecho Gorki, está a la altura de un ateneísta de capital de provincia; sin embargo, una invención de ésas, blandiéndola en el aire como una lanza, hace conocido a un autor y le puede dar celebridad.
Aracil, además de creerse original, se jactaba de ser inoportuno; uno de los procedimientos más empleados por él, en la discusión, era el de cortar la frase a su contradictor para explicar la etimología griega o sánscrita de una palabra, cuyo significado usual y corriente estaba al alcance de todo el mundo. La mayoría de las veces, estas inoportunidades no le traían consecuencias; pero a veces caía con personas de malhumor, que no se contentaban con servir de trampolín para ejercicios acrobáticos, y tenía que oír el ser motejado de farsante y de botarate.
La profesión médica daba un poco de mundanidad y mitigaba la suficiencia de Aracil. Si en vez de médico hubiera sido profesor, su nombre hubiera alternado con el de los más ilustres pedantes de facultad que brillan fácilmente en nuestra Beocia española.
A pesar de alguno que otro ligero tropiezo, la fama de Aracil aumentaba. Esa clase de talento brillante, que ha encumbrado en España y dado nombradía de geniales y de profundos a muchos hombres de talco, la poseía Aracil en grado sumo, y, como casi todos los hombres ingeniosos, creía en la eficacia de sus juegos de palabras, que para él constituían movimientos hondos de ideas.
Aracil era un anarquista; pero un anarquista retórico, un anarquista de forma; no tenía esa tendencia apostólica, ese entusiasmo por la vida nueva que han encarnado tan bien algunos escritores rusos y escandinavos.