Su anarquismo era esencialmente antiformular; le indignaba el absurdo de las fórmulas sancionadas; pero no le hería, en cambio, un gran absurdo científico ni una gran aberración moral. Si alguien le llamaba «mi distinguido amigo», le molestaba; el poner al final de una carta: «su seguro servidor que besa su mano», le parecía una violencia intolerable; todas esas fórmulas sin valor, aceptadas por comodidad y por rutina, le ofendían y exacerbaban su humor cáustico; en cambio, para que un gran crimen o una enormidad social le sublevase, tenía que pesar el pro y el contra, y, aun así, le costaba decidirse.
Toda la intuición de Aracil se cebaba en la fórmula; todas sus observaciones terminaban en una frase brillante, con su preparada sorpresa al final.
Moralmente, el doctor era poco apreciable; tenía una semisinceridad candorosa, que constituía, como todas las semisinceridades, forma acabada y perfecta de la perfidia.
Algunos amigos entusiastas le reprochaban que perdiese su tiempo en el café, y él, en vez de confesar la verdad y decir que se entretenía en la tertulia, contestaba: «La mesa del café es un campo de experimentación; lanzo allí mis ideas y las veo ir y venir, y las voy contrastando»; y añadía, con petulancia: «Mis amigos son los conejillos de Indias, que yo utilizo para la vivisección espiritual».
Aracil tenía dos tertulias: una en la botica de un amigo y condiscípulo del doctorado, llamado don Jesús, y la otra la del café Suizo. En las dos, Aracil llevaba la voz cantante, pero los de la botica eran más entusiastas aún.
Había allí contertulios que creían de buena fe que para salvar a España había que «aracilearla».
El doctor, en el momento de decir una cosa, la creía, aunque estuviese en contradicción con sus costumbres y con su vida. Así, lanzaba anatemas contra los que juegan a cartas, y daba como suya la frase del espiritual filósofo, que dice que los jugadores, no teniendo ideas que cambiar, cambian pedazos de cartulina; sin embargo, él jugaba al tresillo; decía a todo el que le quería oír que los libros de Medicina franceses eran malos, y él no leía otros; hablaba con sarcasmo de los que se dejan guiar por la última moda en ciencia, y él hacía lo mismo. El plan de Aracil era despistar, quitar de su alrededor lo vulgar y lo chabacano, para dar a su figura mayor relieve. Cierto que todos, en grande o en pequeño, somos cómplices, con nosotros mismos, de una farsa parecida, y queremos aparecer ante los demás con un color más brillante que aquel que tenemos en realidad; pero este pensamiento en unos es transitorio, de ocasión, y en otros integra la vida entera, como en Aracil. Algunas veces nuestro médico, influído por la gran idea que los demás tenían de él, había sabido estar enérgico y decidido.
El dandismo del doctor no se concretaba a las ideas y a los sentimientos, sino que se traslucía también en la figura y en el traje. Aracil gastaba un poco de melena, llevaba la barba larga y puntiaguda; los quevedos, de concha, con la cinta gruesa; el sombrero, de copa, con el ala más plana que de ordinario, y levita. No usaba nunca gabán. Este detalle, al parecer sin importancia, le había dado más clientela que todos sus estudios. No le faltaba al doctor mas que un poco de estatura. Con dos o tres dedos sobre su talla, hubiera sido uno de los médicos de mayor clientela de Madrid.
Los dos amigos íntimos del doctor Aracil eran un antiguo condiscípulo, llamado Iturrioz, y un aristócrata cliente suyo, el marqués de Sendilla.
El doctor Iturrioz tenía, próximamente, la misma edad que el padre de María, pero representaba muchísimos más años que él; estaba completamente calvo y tenía la cara surcada por profundas arrugas. Era un tipo de hombre primitivo: el cráneo ancho y prominente, las cejas ásperas y cerdosas, los ojos grises, el bigote largo, lacio y caído, la mirada baja y la barba hundida en el pecho. El doctor Iturrioz había sido médico militar, y vivido durante mucho tiempo, como decía él, en línea, hasta que las enfermedades le habían hecho retirarse. Hombre insociable, de un humor taciturno, vivía en casas de huéspedes raras, de barrios bajos, y se aburría pronto de una y se marchaba a otra. Contaba historias picarescas de curas, de estudiantes, de empleados, con un tono entre irónico y furibundo, y sentía, de cuando en cuando, alegrías estrepitosas de hombre jovial. Al oírle, cualquiera hubiese dicho que era chanchullero y mala persona, y, sin embargo, era un hombre íntegro, de vida pura, aunque de palabra cínica. El doctor se había formado un tipo de hidalgo rudo, claro, sincero, poco sensible, y a veces creía de buena fe ser él la encarnación de ese tipo de español legendario; pero su impasibilidad se fundía al calor de unas ráfagas de sentimentalismo, que le indignaban. Tenía Iturrioz un entusiasmo ideal por la violencia. Se mostraba con los desconocidos áspero y brusco, y le gustaba contar horrores de la guerra, de las dos campañas en donde había tomado parte, miserias de los hospitales, para poder convencer a todo el mundo que era el hombre antisentimental por excelencia.