María le recordaba a Iturrioz desde niña, siempre sentado a la lumbre, azotando con las tenazas el fuego, con un aspecto de ogro, un poco extraño y loco. Ella le conocía muy bien y sabía a qué atenerse respecto a sus violencias de expresión.

Iturrioz sentía una mezcla de cariño y de desprecio por Aracil, y éste experimentaba, a su vez, un sentimiento también mixto de estimación y de miedo por su amigo. La huraña probidad de éste le espantaba.

El aristócrata cliente de Aracil, el marqués de Sendilla, era un snob de esos que gastamos en Madrid y Barcelona, que visten siempre sus ideas y sus gustos a la moda de hace quince años. El marqués quería ser europeo, anglosajón; pero siempre era un anglosajón atrasado. Se enteraba de todo tarde; era su desgracia. Se entusiasmaba con las novelas de Paúl Bourget, cuando ya todo el mundo las consideraba un poco cursis, y tenía el talento de tomar las ideas y las modas cuando iban a marchitarse y a ser olvidadas.

Era partidario de los muebles modernos, y, llevado por sus gustos, había convertido su antigua casa solariega en una barraca llena de mamarrachos y de objetos de bazar.


III.
EL PRIMO BENEDICTO

En casa de sus tíos conoció una tarde María Aracil a un pariente suyo, primo carnal de su madre, que acababa de quedar viudo, con cuatro niñas pequeñas.

El primo Venancio venía de una capital de provincia, donde había pasado bastantes años.

Al parecer, era una notabilidad en Geología, y lo llamaban para destinarle a los trabajos del mapa geológico.