El primo Venancio era hombre de unos treinta y cinco a treinta y seis años, de mediana estatura, barba rubia y anteojos de oro. Tenía la frente ancha, la mirada cándida, vestía un tanto descuidadamente, y en sus dedos se notaban ennegrecimientos y quemaduras, producidos por los ácidos.
Las cuatro niñas del primo Venancio, Maruja, Lola, Carmencita y Paulita, eran muy bonitas; las cuatro casi iguales, con los ojos negros, muy brillantes, los labios gruesos y la nariz redondita.
Al conocerlas, María sintió por ellas un gran afecto, y las niñas, al ver a su prima, experimentaron uno de esos entusiasmos vehementes de los primeros años.
—Ya nos veremos, ¿verdad?—dijo el primo Venancio a su sobrina, al despedirse.
—Sí—le contestó María.
—Ya les diré dónde voy a vivir.
Venancio estuvo dos veces en casa del doctor Aracil, y María comenzó a visitar con frecuencia a su primo.
Alquiló éste una casa cuya parte de atrás daba al paseo de Rosales; habilitó y dispuso, para vivir constantemente en ellos, los dos cuartos más grandes y soleados; en uno arregló su gabinete de trabajo y en el otro el de las niñas.
Puso su despacho sin pretensiones de lujo; sobre estantes de pino, sin pintar, colocó piedras, fósiles, calaveras de animales, gradillas con tubos de ensayo; en las paredes fué clavando fotografías de minas, planos geológicos, lámparas de minero de nuevos sistemas, anuncios de cables, de vagonetas, de sondas para perforar, de máquinas para triturar piedras. Venancio era entusiasta de su profesión y le gustaba rodearse de objetos y de estampas que le recordasen de continuo sus aficiones científicas.