Pasados los primeros días, en que el ingeniero recibió algunas visitas de parientes y amigos, no fué nadie por su casa. Cuando María encontró este oasis tranquilo, comenzó a acudir a él y a cultivar el trato de su pariente. El primo Venancio era hombre bondadoso e ingenuo. Sus estudios y las lecciones que daba a sus hijas le ocupaban el día entero. Venancio era un excursionista terrible; había subido a todos los montes de España, y se había bañado en las lagunas de Sierra Nevada, de Peñalara, de Gredos y del Urbión. Venancio se ocupaba casi exclusivamente de cuestiones científicas; lo demás le interesaba poco; la literatura le parecía una cosa perjudicial, y, en su biblioteca, las únicas obras literarias que figuraban eran las novelas de Julio Verne.
—¿No las has leído?—le dijo una vez a María, a quien ya tuteaba, por razón del parentesco—. No tienen gran valor científico, ¿sabes?, pero están bien.
María se llevó las novelas de Julio Verne a su casa; la entretuvieron bastante, y, además, le hizo mucha gracia encontrar cierto parecido entre los tipos de sabios de estas novelas y su primo Venancio. Desde entonces comenzó a llamarle, en broma, el primo Benedicto, recordando un tipo caricaturesco de la novela Un capitán de quince años.
Se acostumbró a llamarle así, y algunas veces se lo decía a él mismo, sin notarlo.
María y el primo Benedicto se entendían muy bien.
Muchas tardes de otoño y de invierno iba ella a casa de su primo, y con él y con sus niñas marchaba al paseo de Rosales. Se sentaban allá; las niñas jugaban; Venancio y María daban a la comba, y venían otras chicas y hablaban todas y corrían por aquellas cuestas.
El primo Benedicto no dejaba de ser un guasón, a su manera. Un domingo fueron a Cercedilla, Venancio con sus hijas, la tía Belén con las suyas y María. Iban subiendo el pinar para comer en lo alto; Venancio marchaba con su traje de franela, su sombrero de alpinista y la botella de aluminio en el cinto. En uno de los altos de la marcha, volviéndose a María, ingenuamente, le dijo:
—Esto es bastante tartarinesco, ¿verdad?
A María le dió tal risa, que tuvo que pararse para reír.