Venancio sonrió; sus observaciones plácidas tenían el privilegio de regocijar a María.
Era el primo un hombre sincero, que llevaba a la práctica lo que pensaba. Estaba dando a sus hijas una educación natural, aunque en Madrid pareciese absurda. Los juguetes de sus niñas eran las brújulas, las lámparas de minero, la cinta, las piritas de cobre cuadradas y brillantes.
—Todas estas saben ya algo de Mineralogía—le dijo una vez Venancio a María—. Pregúntales por cualquier piedra de las que hay aquí.
Cogió María un mineral con cristales cúbicos, de color gris.
—¿Qué es esto?—preguntó.
—Galena con láminas de plata—dijeron las tres chicas mayores.
El padre hizo un ademán afirmativo.
—¿Y esto otro amarillo?
—Blenda.
—¿Y estos cuadraditos dorados?