Venancio no iba a la zaga en criticar a los hombres de las ideas generales, y una vez, refiriéndose a un médico orador, dijo:

—Los hombres brillantes son la plaga de España. Mientras aquí haya hombres brillantes, no se hará nada de provecho.

María fué evidenciando la hostilidad, al principio latente, entre su padre y Venancio, y la achacó a divergencias de temperamento. Pensaba que el ingeniero sentía también algunos vagos celos de los triunfos de su padre. Sin embargo, le costaba trabajo atribuír una mala pasión a Venancio, porque, a medida que le trataba, veía en él más claramente un carácter limpio de intenciones tortuosas y de envidias. Venancio alababa con entusiasmo a los compañeros que llegaban a conseguir lo que él pretendía, y los alababa sin resquemor, con una buena fe extraordinaria. Para él la ciencia era como una gran torre hacia lo ignorado, que había que agrandar y completar, y casi le parecía lo mismo que la completara y agrandara un hombre u otro.

Aracil, con un criterio diametralmente opuesto, consideraba la Ciencia, el Arte o la Política como campos donde poner de manifiesto y destacar la personalidad, y estimaba el sum-mum de la vida de un escritor, de un hombre de ciencia o de un artista el que el conjunto de las letras de su nombre se escribiera cien, dos cientos, quinientos años después de muerto.

En algunas cuestiones, Aracil y Venancio coincidían; pero era más una coincidencia superficial que otra cosa. Ambos sentían el mismo apartamiento por la vieja moral sancionada; pero, en Aracil, su protesta le servía como motivo de charla, y en Venancio era una convicción que llevaba a la vida.

Aracil no se había preocupado nunca seriamente de las ideas de su hija; en el fondo, creía, como buen meridional, que las ideas de una mujer no valen la pena de ser tomadas en serio.

En cambio Venancio, en el caso concreto de sus hijas, quería desenvolver la personalidad de las niñas, buscando la manera de armonizarla con el medio.

El hombre, según él, debía poner la vida entera en educar a sus hijos. Siguiendo su teoría, Venancio estaba a todas horas ocupadísimo.

—Siempre se habla a los hijos de los deberes que tienen para con los padres—decía él—. A quienes hay que hablar es a los padres de los deberes que tienen para con sus hijos.