Y esto, sin ser una gran novedad, era ciertísimo.
Venancio no quería llevar al colegio a sus chicas.
—Entre el miedo al diablo, el hacer trabajar la inteligencia sobre el vacío de estúpidas abstracciones y la falta de ejercicio, los colegios españoles estropean la raza. No dan mas que dos productos, y los dos malos: la mujercita histérica, mística o desquiciada, o la mujerona gorda y bestial.
María no aceptaba siempre las ideas de Venancio, y solían discutir. Fuera de las cuestiones filosóficas y literarias, de las cuales el ingeniero tenía un concepto demasiado sumario, en lo demás era un enciclopedista; una flor, una llave de luz eléctrica, un charco, una nube, un trozo de piedra, le servía de motivo para una larga y entretenida disertación científica.
María muchas veces le contradecía por oírle. Al principio de conocerle, sintió por el primo Venancio un afecto mezclado de efusión y de ironía.
El ver que el ingeniero la consideraba, no como una niña ni como una señorita impertinente, sino como una persona mayor, a quien se podían consultar los asuntos más graves y serios, daba a María una impresión de simpatía y de risa. Luego se fué acostumbrando a este trato de seriedad, y experimentó una sensación de paz al hablar y discutir con su primo.
Venancio poseía una gran calma y ecuanimidad; en caso de duda, siempre se inclinaba en un sentido conciliador. Muchas veces María se rebelaba contra la opinión sensata de su pariente, y replicaba con viveza alguna frase irónica, por el estilo de las del doctor Aracil; pero cuando le pasaba el pronto, convenía en que, casi siempre, Venancio tenía razón.
Muchas veces satirizaba la flema del ingeniero; pero lo cierto era que, a su lado, sentía un agradable bienestar. En general, con las demás personas, María era un poco burlona; la mayoría de las gentes conocidas le excitaban a mostrarse ingeniosa y aguda. A Venancio no le gustaban las frases chispeantes, que envuelven casi siempre desdén o mala intención, y cuando elogiaba a María, era cuando se mostraba juiciosa y humana.
—Me quiere—pensaba María—; pero me quiere como a una hija mayor.