Alguna vez sentía como un relámpago de coquetería, y, casi sin darse cuenta, llevada por su instinto de mujer, hacía un gesto o dirigía una mirada, que Venancio notaba en seguida, y, entre asombrado y confuso, contemplaba a María, con una gran inquietud en sus ojos castaños, de una mirada tímida y honrada.

—¿Por qué no me dice alguna vez que estoy bien, que soy bonita?—pensaba ella.

Algunos días María se presentó en casa de Venancio con traje nuevo, elegante, ágil y graciosa como un pájaro. En la calle oía elogios a su gallardía, y ella pensaba:

—¡Y él no me va a decir nada!

Y, efectivamente, él no sólo no le decía nada, sino que, al verla tan elegantona, desviaba la vista y le hablaba sin mirarla, como si sus atavíos le produjeran cierta cortedad y turbación.

Siempre que tenía tiempo de sobra, María iba a casa de Venancio y tomaba parte en las lecciones, y, cuando concluían éstas, se llevaba a pasear a las niñas.

María y sus sobrinas conocían todos los grandes y los pequeños encantos del paseo de Rosales.

Entre los grandes encantos de este paseo, podía considerarse como el mayor la vista del Guadarrama, azul en las mañanas de invierno, con su perfil hosco y sus crestas de plata; gris las tardes de sol, y violáceo obscuro al anochecer. La Casa de Campo tenía también perspectivas admirables, con sus cerros cubiertos de pinos de copa redonda. En otoño, las arboledas de esta posesión real presentaban una gama de colores espléndidos, desde el amarillo ardiente y el rojo cobrizo hasta el verde obscuro de los cipreses. El Manzanares, después de las lluvias otoñales, tomaba apariencias de un río serio, y se le veía brillar desde lo alto de los desmontes y deslizarse por debajo de un puente.

Los pequeños encantos del paseo consistían en ver cómo trabajaban los obreros en el parque del Oeste, en contemplar los estanques próximos a la Moncloa, bordeados de cipreses, y en seguir, con la mirada, los rebaños de cabras diseminados por los barrancos, en busca de la hierba corta nacida entre los escombros. Y aun con éstos no se agotaban los atractivos del paseo, pues quedaba todavía, como recurso, el presenciar los ejercicios musicales de los cornetas y tambores, instalados en los desmontes, y el ver cruzar los trenes, que se alejaban echando humo blanco, que flotaba en el aire como una nubecilla.

Daba la impresión este balcón del paseo de Rosales de esos cuadros antiguos y explicativos en los cuales el pintor trató de sintetizar las actividades de la vida entera. Al mismo tiempo que el tren echando humo, se veía cerca una casuca con un corral en donde los conejos jugaban y las gallinas picoteaban en el estiércol; cerca de los soldados, los golfos husmeaban en los alrededores de la antigua fábrica de porcelana.