El paseo, en algunas ocasiones, se llenaba de gente, y en los días de fiesta, de santos del rey o de la reina, había para los chicos el espectáculo sensacional de ver disparar las salvas de artillería...

Una noche de verano, muy estrellada, estaban en el despacho Venancio con sus hijas y María. Tenían el balcón abierto, y vieron cruzar el cielo una estrella errática, que dejó un rastro luminoso. Venancio quiso dar la explicación del fenómeno, y tuvo que remontarse hasta el sistema del mundo. Desde la atmósfera de la Tierra, por la que cruzan, incandescentes, los asteroides, pasó a hablar de los demás planetas: de Marte, con sus canales y sus fantásticos avisos enviados a nuestro mundo; de Venus y de Júpiter. Luego habló del Sol, de su tamaño, de la cantidad de fuerza que representa su calor, de las hipótesis que hay para explicar este incendio; después indicó esa estrella de la constelación de Hércules, hacia donde marcha con el Sol todo el sistema planetario; señaló la Osa mayor y menor, la constelación del Dragón, Casiopea, Vega, que dista de la Tierra 42 billones de leguas; Arturo, cuya luz tarda en llegar a nosotros veinticinco años, y, por último, se perdió en conjeturas, hablando de la Vía láctea y del espacio...

María experimentaba como un vértigo al sumergir la mirada en aquel éter desconocido, lleno de mundos ignotos... Las niñas se habían dormido; Venancio seguía hablando y María escuchaba y miraba al cielo.

—Y eso, ¿para qué?—preguntó, de pronto, María.

Venancio sonrió.

—Aunque tuviera una razón, un objeto el universo—dijo—, los hombres no lo podríamos comprender.

—¿Y si lo tuviera?—preguntó María, con ansiedad.

—Si lo tuviera, lo tendríamos también nosotros. Estaríamos dentro de una intención divina.

—¿Y si no lo tiene?