Venancio se encogió de hombros.
—Si no lo tiene—agregó María, con viveza—estamos desamparados.
Y al decir esto sintió un escalofrío, del relente de la noche.
—No hay que tener demasiada ambición—dijo Venancio, pensativo.
—Me voy, es muy tarde—saltó diciendo María.
—Te acompañaré.
Salieron, y, sin hablarse, fueron hasta casa de Aracil.
Desde aquel día, el ingeniero tomó a los ojos de María un carácter de sabio misterioso, que vivía trabajando en su laboratorio y observando las estrellas.
Las visitas tan frecuentes de María a casa de su primo no pasaron inadvertidas para sus tías.
—Chica, eso no se puede hacer—le dijo la tía Belén, hablando de esta cuestión.