Este espíritu de independencia fué comentado entre los amigos y parientes de la casa de doña Belén, y el tío Justo, el filósofo de la familia, hombre muy casero, muy ordenado, muy indiferente y egoísta, pero de una gran probidad en las palabras, dijo:

—Yo creo, la verdad, que con el tiempo, todas las mujeres de algún corazón y de alguna inteligencia serán por el estilo de María.

La declaración cayó como una bomba, y la tía Belén afirmó que, aunque fuera verdad, era una impertinencia decirlo delante de sus hijas.

El tío Justo, hombre de gran sentido práctico, sabía poner los puntos sobre las íes, y a su audacia de expresión no arredraba nada. Alababa siempre a María por su deseo de trabajar y por su espíritu de independencia, pero solía decirle a quemarropa:

—Tu padre es un farsante—y añadía—: El que vale más de toda la familia es Venancio.

María no sentía ningún afecto por este viejo cínico, ni por su franqueza tampoco; porque, fuera de su juicio claro y exacto de las cosas, no tenía nada digno de estimación, y aun su veracidad le servía únicamente para ser lo más desagradable posible.

A consecuencia de estas visitas de María a casa de su primo, se habló de que el ingeniero debía casarse, y un día en que los dos se reunieron en casa de la tía Belén, ésta provocó la conversación del matrimonio de Venancio.

La buena señora creía cumplir una misión providencial preparando matrimonios, y apuró todos sus argumentos para convencer al ingeniero. Él la oía, unas veces afirmando con ella, otras, negando.

—Y a ti, ¿qué te parece?—preguntó Venancio a María—, ¿que me debo casar?

—No—contestó ella—; harías una barbaridad. Además, no vas a encontrar quien quiera cargar con un viudo con cuatro chicas.