—Pues yo he oído decir que hay un canguelo terrible; que el niño encuentra anónimos debajo de la almohada. A mí esto me indigna, te advierto. Estamos molestando tanto a estos pobres reyes, que se van a unir todos en apretado haz y se van a declarar en huelga. Y ¡a ver entonces qué hacemos en España con los uniformes de los alabarderos! Vamos tirando de la cuerda demasiado, y nos va a pasar con los reyes lo que nos ha pasado con los santos.
—Y ¿qué nos ha pasado con los santos?—dijo María.
—Nada, que han cortado la comunicación con la tierra. En fin, que esto se pone muy mal, y yo no pienso salir mañana, porque, chica, me estoy haciendo viejo y muy miedoso; si pasa algo me cogerá en la cama.
Iturrioz siguió fantaseando sobre una porción de cosas, hasta que, al dar las once, tomó su capa y se largó, después de dar las buenas noches y de exhortar, bromeando, a que tuvieran prudencia.
VIII.
EL DÍA TERRIBLE
Al día siguiente, María pensaba ir con su primo Venancio y sus hijas a Cercedilla, cuando se suspendió el viaje, porque la noche antes, Paulita, la menor de las niñas del ingeniero, cayó enferma con el sarampión.
Aracil fué a verla. El doctor tenía bastante trabajo por la tarde, y estaba, además, invitado a comer en casa del marqués de Sendilla. Había aceptado la invitación, creyendo que su hija iría de campo con Venancio, y como la enfermedad de la niña imposibilitaba la excursión, quedaron de acuerdo en que María, después de comer con el ingeniero, iría a casa de doña Belén, en donde la recogería Aracil.
Paulita, la enferma, era la predilecta de María, y deseaba que su tía estuviese constantemente a su lado, acariciándola y besándola.