—Yo no puedo permitir esto—dijo el ingeniero—; se te puede pegar la enfermedad.
—¡Qué se va a pegar una enfermedad de niños!
—¡Ya lo creo que se pega! Nada, nada; no estés ahí—y Venancio obligó a salir a la muchacha y a que se lavara con agua sublimada y desinfectara las ropas.
Comieron; María se encerró en el cuarto con las niñas mayores; pero la enfermita lo notaba y pedía que fuera a verla, y si no empezaba a llorar.
—Mira, lo mejor es que te vayas—dijo Venancio, que estaba algo preocupado con la enfermedad de la niña y con el temor de que su sobrina se contagiase—. La criada te acompañará.
—¿Para qué? Iré yo sola—y María se despidió de las niñas y tomó el tranvía rojo en el paseo de Rosales.
La tía Belén vivía en la calle del Prado; el tranvía llegaba hasta cerca de su casa. Al paso notó María que en las calles se hablaba animadamente, pero no prestó atención.
Serían las tres y media o cuatro cuando llegó a casa de la tía Belén. Llamó, pasó al gabinete y se encontró con que todos reunidos allí charlaban a la vez.
—¿Qué hay? ¿Qué ocurre?—preguntó.