El tío Justo, la tía Belén, Carolina, unos señores y señoras que se hallaban de visita se enredaron en una conversación de anarquistas y de bombas, que a María comenzó a sobresaltar. Todos execraban el atentado, pero consideraban el crimen de distinta manera.
—Para mí son locos—aseguraba el tío Justo.
—No, son fieras—replicaba otro señor, fuera de sí, que era contratista de paños para el ejército, lo que le daba, sin duda, cierta inclinación a la violencia—; y había que cazarlos.
—Yo creo lo mismo—agregó Carolina—, y aun no me contentaría con cazarlos, sino que los haría sufrir antes.
—Yo no—y el tío Justo se paseó por el cuarto—; lo mejor sería deportarlos; a todos los que tengan esas ideas, que no estén conformes con la manera de vivir general, los llevaría a una isla y los dejaría allí, con aparatos y máquinas, para que trabajasen y viviesen.
—¡Qué aparatos ni qué máquinas!—exclamó el pañero, furioso—; hacerlos pedazos. «¿Es usted anarquista?» «Sí». «Pues tome usted», y pegarle un tiro a uno. Porque esos crímenes son cobardes e infames.
Y el señor repitió estas palabras, como si en aquel instante hubiera hecho un gran hallazgo.
—Sin embargo, ya verá usted—dijo el tío Justo—cómo se llega a hacer también la apología de este crimen.
—Pues yo, al que hiciera esa apología, le pegaría un tiro.