—La verdad es que esa pobre gente—murmuró la tía Belén, con voz plañidera—¿qué culpa tendrían? ¡Y esos pobres soldados! Porque yo comprendo que vayan contra un hombre, como Cánovas, y que lo maten.

—¡Claro!—dijo cínicamente el tío Justo—. Eso es mucho menos peligroso para nosotros, que no somos políticos.

María estaba cada vez más inquieta, pensando en su padre; la tía Carolina sobre todo, y los demás también, al hablar de anarquistas se referían a ella, reprochándole tácitamente que su padre tuviera tan nefandas ideas.

En esto llegó el marido de doña Belén con nuevas noticias: los muertos llegaban a diez. Había hablado con un amigo suyo, empleado en Palacio. Los reyes habían vuelto impresionadísimos; ella estaba con convulsiones y él lloraba emocionado.

—Es falso—gritó el pañero—. Ese señor le ha engañado a usted. El rey no ha llorado.

—Pero, ¿usted qué sabe?—le preguntó el tío Justo.

—Lo comprendo, porque un rey no llora.

—¿Por qué no? ¿Eso qué tiene de extraño?

El marido de doña Belén añadió que su amigo le había dicho que sólo uno de los grandes duques rusos, como acostumbrado a escenas de esta índole, estaba tranquilo, y que el tal había aconsejado al rey que saliera inmediatamente a dar un paseo por las calles, con lo que sería ovacionado por el pueblo. Al parecer, el rey no se había decidido. En cambio, el gran duque ruso había salido, de paisano, a ver la casa del crimen, y como en su real familia habían muerto de atentado varios individuos, y miraba ya, sin duda, con cierta familiaridad amable la metralla anarquista, había pedido a un jefe de policía que le regalara un trozo de bomba, porque hacía colección.

La tarde fué para María un verdadero suplicio. Tenía ganas de marcharse, pero esperaba porque había quedado de acuerdo en que su padre se le reuniría allí. Serían las seis cuando paró un coche delante de la casa; María, atenta a todos los ruidos de la calle, escuchó con ansiedad; se abrió la puerta del gabinete y una criada entró. A María le dió un vuelco el corazón.