—Señorita, haga usted el favor de salir, que la espera su papá.

María saludó rápidamente a los parientes y amigos y bajó de prisa las escaleras. Al ver a su padre comprendió algo grave. Aracil tenía el rostro desencajado, el cuerpo tembloroso, los labios completamente blancos. Llevaba un gabán al brazo, lo que en el era rarísimo.

—¿Qué hay? ¿Qué pasa?—fué a preguntar María; pero la voz expiró en su garganta.

Aracil, sin contestar a la interrogación muda, tomó el brazo de su hija y murmuró, casi sin aliento:

—Vamos.

—Pero ¿qué pasa?

—Que el que ha puesto eso es Brull.

—¿Él?

—Sí..., y me lo he encontrado..., y me ha pedido protección..., y le he llevado a casa... No sé a qué vamos por aquí... ¿Dónde podríamos ir? ¡Oh, Dios mío!... ¡Estoy perdido!