María oprimió el brazo de su padre.

—Serénate—le dijo—. Vamos a ver qué hacemos... ¿Qué piensas? ¿Qué quieres?

—No sé—exclamó Aracil—; no sé qué hacer... La cuestión sería que pudiese meterme en algún lado, disfrazarme y huír.

—Y ¿dónde podríamos meternos?

—¿Dónde? ¿Dónde?... No sé.

—En el hospital, quizá...

—Sí, vamos al hospital... ¿Cómo se te ha ocurrido eso?... Vamos, sí, vamos.

Tomaron por la calle del León, salieron a la plaza de Antón Martín y bajaron por la calle de Atocha. El doctor miraba a un lado y a otro, temblando de ser conocido. De pronto, Aracil apretó el brazo de su hija.

—¿Qué hay?—preguntó María, sobresaltada.

—¿No oyes? Un extraordinario con los detalles del atentado. Cómpralo. No, no lo leamos aquí.