Llegaron al Hospital General. El portero no les salió al encuentro; subieron por unas escaleras iluminadas con grandes faroles, muy tristes. Una monja se acercó al doctor a hacerle una pregunta. Aracil contestó como pudo y entró en el cuarto de guardia, seguido de su hija; cerró la puerta, y, sentándose luego en una silla, murmuró:
—Estoy rendido.
—Pero, al fin, ¿qué ha pasado? ¿Cómo ha pasado?—dijo María—. Cuéntalo todo.
—Pues iba por la calle de Fuencarral, después de comer en casa del marqués, cuando, al entrar en la botica de don Jesús, un hombre me agarró del brazo con una fuerza extraordinaria. Me volví. Era Brull. «Acabo de echar una bomba al paso de la comitiva. Hay desgracias», me dijo. Yo, al principio, no comprendí lo que decía, y tuvo que explicar lo que había pasado. «Y, ¿qué piensa usted hacer?», le pregunté. «No sé; iba a suicidarme, pero viendo que nadie me seguía ni intentaba prenderme, he venido hasta aquí». «¿Tiene usted algún sitio donde esconderse?». «No, y he pensado en usted. Protéjame usted, Aracil. Si me cogen me van a hacer pedazos». Hemos subido a casa sin hablarnos. Yo no comprendía entonces por completo la gravedad de las circunstancias. Abrí la puerta, pasó él y pasé yo. El se abalanzó hacia el armario del comedor y bebió con avidez dos vasos de agua. «Creo que lo mejor es—le dije yo—que se esté usted aquí ocho o diez días». «¿Y usted»?, preguntó Brull. «Yo le diré al portero que me voy». «No, no»; «yo me voy con usted. Yo no me quedo. Usted me quiere denunciar y yo le pego un tiro a quien me denuncie», y, rápidamente, sacó una pistola y la blandió en el aire. En aquel momento yo no sentía tanto miedo como ahora. Estábamos en esta situación, mirándonos con espanto, cuando sonó el timbre. «Escóndase usted», le dije a Brull. Fuí a la puerta. Era el cartero, que me entregó el periódico de Medicina. Cerré, llamé al anarquista y, con tono decidido y casi burlón, que a mí mismo me chocaba, le dije: «Aquí, en casa, viviendo conmigo, no se puede usted quedar; mi hija, las criadas, los vecinos, todo el mundo se enteraría. Si le parece a usted, hay ahí un cuarto independiente, con baúles y trastos viejos, que da a un tejado. No entrarán; tengo ahí un esqueleto, y las criadas, que lo saben, no se atreverían a abrir esa puerta. Además, usted se puede quedar con la llave. Métase usted ahí, enciérrese usted y estése usted quince días». «¿No me hará usted traición, Aracil?» «No». «¿Me lo jura usted?», gritó él casi llorando. «Se lo juro». Entonces Brull se ha metido en el cuarto y, al instante, yo he pensado en huír. Pasé una media hora de angustia, porque decía: «Si oye mis pasos y cree que intento escaparme, va a salir y a pegarme un tiro». Estaba deseando que alguno llamara a la puerta, para marcharme. En esto he oído unos pasos; alguien subía al piso de arriba. He recordado que tenía allí el timbre cerca y he llamado yo mismo. He ido a la puerta, he hecho una mojiganga como si hablara con alguien, he entrado en el despacho, he abierto el cajón, he cogido todo el dinero y he salido volando.
—Y ¿qué te pueden hacer por haber protegido a Brull?—preguntó María.
—¿Qué me pueden hacer? Pueden mandarme a presidio para siempre.
—¡Ca! Es imposible.
—No digas eso, María. Tú no sabes lo que es la justicia. Me considerarán como cómplice, como encubridor. Quizá me condenen a muerte. ¿Cómo demuestro yo que no tengo participación en ese crimen?
—Pero eres inocente.