—Sí; los de Montjuich dicen que también eran inocentes, y los fusilaron y los atormentaron.
—Entonces no hay que esperar; hay que huír y disfrazarse... Córtate la barba y el pelo; yo te lo cortaré.
Aracil sacó de un estuche unas tijeras y se sentó en la silla, sumiso como un niño. María recortó el pelo a su padre.
—Ahora, lo mejor sería que te afeitaras.
Aracil se dispuso a afeitarse.
—Mira tú, mientrastanto, lo que dice el extraordinario—murmuró el doctor.
María comenzó a leer la hoja con ansiedad. En el preámbulo, todos eran lugares comunes, frases hechas a propósito para catástrofes de este género; luego venía, de una manera confusa, el relato de lo ocurrido. Había diez muertos y muchísimos heridos graves y moribundos. María, al leer algunos detalles, palidecía y le temblaban las manos. La sangre que corría en chafarrinones por la fachada de la casa, los trozos de masa encefálica en las aceras... Aquellos detalles daban a María la sensación real, el horror y la magnitud del crimen. Las noticias estaban mezcladas con inoportunos comentarios, y el «inicuo», el «cobarde» y el «salvaje» aparecían de cuando en cuando, esmaltando simétricamente el texto.
No parecía sino que lo principal era encontrar un adjetivo exacto para calificar el atentado.
Aracil, mientras se afeitaba, volvía de cuando en cuando la cabeza para mirar a María, y preguntaba, pálido como el papel:
—Debe haber horrores, ¿eh?