—Sí, cosas terribles.

En esto, María echó una ojeada a las últimas líneas del extraordinario, y lanzó un grito.

—¿Qué pasa?—preguntó Aracil, con la navaja en la mano.

María leyó:

«Ultima hora: Se sospecha que el autor del atentado es un joven catalán apellidado Brull, llegado hace tres días a una fonda de la calle Mayor. El anarquista ha tenido tiempo de huír, valiéndose de la confusión general. Al entrar en el cuarto desde donde lanzó la bomba, se ha encontrado sobre un lavabo una jeringuilla y un frasco a medio llenar de nitrobencina. La maleta del criminal contenía solamente un gabán de verano, dos botellas grandes, vacías, una cajita con bicarbonato de sosa y dos libros, el uno en francés, titulado Pensamiento y Realidad, de A. Spir, y el otro, la «Memoria» del doctor Aracil, El anarquismo como sistema de crítica social, dedicada a Brull por su mismo autor.»

—¡Oh!—murmuró Aracil, con desaliento—. Me ha matado—y dejó caer la navaja sobre la silla.

—No—exclamó María—. Lo que hay que hacer ahora es no perder tiempo. Sabemos que nos buscan o que nos van a buscar. Hay que darse prisa. Acaba de afeitarte, y marchemos.

—Vámonos, sí—dijo él—. Tú debías dejar el sombrero aquí, para no llamar la atención.

María se quitó el sombrero, lo deshizo con las tijeras en varios pedazos, y los envolvió en un periódico.