Tenía miedo el doctor de que advirtieran, al salir, su cambio de aspecto, y su hija le recomendó que, al bajar las escaleras, aunque no hacía frío, se levantara el cuello del gabán y se tapara la boca con el pañuelo. La luz era demasiado escasa para que se notara su cambio de fisonomía.

—Adiós, don Enrique—le saludó un mozo, al pasar por el corredor.

—Adiós; buenas tardes.

—¿Ha visto usted eso?

—Sí; es terrible.

—¿Qué tiene usted?

—Que me he puesto un poco malo. ¡Adiós!

—Buenas, don Enrique. Y aliviarse.

Salieron del hospital, y padre e hija fueron por el Prado.

—Quítate los anteojos—dijo María.