Aracil se los quitó y los guardó en el bolsillo.
—Estás completamente desconocido.
—¿De veras?
—Por completo.
El ilustre doctor, afeitado y rapado, tenía todo el tipo de un hortera. Se sentaron los dos en un banco del Prado y discutieron. ¿Qué iba a hacer? Meterse en el tren era peligroso. María pensó en el primo Venancio; pero desechó inmediatamente esta idea. Le comprometerían sin resultado. Había que hacer algo, pronto, en seguida. Pero, ¿qué? No querían moverse de allí sin tener algún plan. Pasaron revista a todos los amigos que podían esconder a Aracil.
Ninguno había que, de prestarse a ocultarle, no infundiese sospechas.
De pronto, María exclamó:
—¿Y el guarda de la Casa de Campo a quien curaste la niña?
—¿Isidro?
—Sí.