La idea era buena, tan buena que al doctor le pareció inmejorable. Dejó María el paquete, con los trozos de su sombrero, debajo del banco. Salieron del Prado a la calle de Alcalá. Resplandecían los focos de luz eléctrica en el aire limpio de la noche; por la ancha calle en cuesta brillaban, como estrellas fugaces, los discos de color de los tranvías y los faroles de los coches. Iban marchando entre la multitud, cuando Aracil reconoció delante de él a uno de sus amigos de la tertulia del Suizo.

—Aracil debe estar en la cárcel—decía.

—¿Cree usted?—preguntó otro.

—Sí, hombre.

—Pero, ¿conocía a ese Brull?

—¡No le había de conocer! ¡Si era amigo suyo!

Al primer movimiento de asombro, siguió en Aracil un terror espantoso.

—Tranquilízate—dijo María—; no te conocen.

Pero Aracil seguía temblando. Su hija le contempló con asombro. Le chocaba que su padre fuera tan cobarde. Le había dado siempre la impresión de hombre enérgico y decidido, y lo había sido, sin duda, alguna vez, pero en su centro, entre los suyos; solo, separado de sus amigos y jaleadores, era pusilánime como un niño enfermizo.

Llegaron a la Puerta del Sol; la plaza rebosaba gente; no se podía dar un paso; reinaba un gran silencio y un pánico sordo. Cualquier ruido producía una alarma, y la multitud, inmediatamente, se disponía a huír.