Tomaron padre e hija por la calle del Arenal y luego por la de Arrieta. En el solar de la antigua Biblioteca se bailaba; una banda tocaba en un tablado, adornado con guirnaldas de papel; los bailarines se contoneaban a los acordes de un pasodoble, pero no había animación ni alegría. En los portales, en los corros, la gente hablaba del atentado; por encima del pueblo entero parecía pesar la tragedia del día, llevando a la masa el estupor y la desolación. La gente sentía la desarmonía de aquel zarpazo brutal del anarquismo con la placidez del ambiente. ¡En Madrid! En este pueblo tranquilo, correcto, insensible a la exaltación colectiva; en este pueblo de los señoritos discretos e ingeniosos, de las muchachitas inteligentes y escépticas, de los hambrientos resignados, ¡una bomba! Era absurdo, incomprensible, inexplicable. Se daban explicaciones fantásticas para aclarar esta discordancia: quizá los carlistas, quizá los jesuítas... ¿A quién podía convenir aquello? Y no se aceptaba la explicación más sencilla, el caso del hombre solo, enfermo, teatral en su desesperación, a quien antes que la bomba, le había estallado el cerebro dentro del cráneo...
Se sentaron Aracil y María en un banco de la plaza de Oriente, donde no daba la luz de los faroles. Al lado, dos viejas vestidas de negro, una de ellas con un niño, charlaban.
—Ya no hay religión—decía una—; crea usted, señora, que el mundo está muy perdido; ¿ha visto usted?, ahí cerca, en esa calle, están bailando.
—Deje usted que se diviertan.
—Sí, pero en un día como el de hoy, que ha habido tantas víctimas... ¡Crea usted que cuando lo pienso...! Yo, si supiera quiénes son, los haría pedazos.
—Pues mire usted, señora; yo creo que han hecho muy mal, y que los que han puesto esa bomba son muy infames; pero eso también de pasear toda la corte y la aristocracia llena de alhajas en medio de la gente pobre, con la miseria que hay en Madrid... ¡Vamos, eso también...! Porque usted no sabe, señora, la pobreza que hay aquí.
—¡Dígamelo usted a mí, que vivo en barrios bajos!
Aracil, impaciente, se levantó.
—¿Quieres que tomemos un coche?—preguntó a María.
—No, no.