—Y si vamos solos por el camino de la Bombilla ¿no infundiremos sospechas?

—Lo mejor será tomar el tranvía.


IX.
EN LA BOMBILLA

Bajaron a la plaza de San Marcial. Voceaban los vendedores los periódicos de la noche. Compró María La Correspondencia y el Heraldo, y montaron Aracil y su hija en un tranvía lleno que iba a la Bombilla.

—Así, con tanta gente—pensó el doctor—, no se fijarán en nosotros.

En el trayecto, un señor siniestro, de bigote negro y algo bizco, se dedicó a lanzar miradas asesinas a María, y, por último, le preguntó, en voz baja, si podía hablarla. Ella volvió la cabeza y no hizo caso.

Bajaron en la estación del tranvía. El señor bizco, al ver a María cogida estrechamente del brazo de Aracil, desapareció.

Siguieron un poco más adelante padre e hija, y llegaron a la parte ancha del camino, que tenía a un lado y a otro unos merenderos iluminados fuertemente por luces de arco voltaico.