Entraron en uno de éstos; pasaron a un vestíbulo grande, con un mostrador y varias mesas. Enfrente de la puerta de entrada se abría un patio con árboles, donde tocaba un organillo; de ambos lados del vestíbulo partían dos escaleras.
—Yo quisiera un cuarto—dijo Aracil a un mozo viejo que les salió al encuentro.
Subieron por una de las escaleras, y el mozo les llevó a un balcón galería, dividido por persianas, que daba al patio con árboles, en donde bailaban, al son del organillo, unas cuantas parejas.
En otro cuarto de la galería, separado del departamento donde entraron el doctor y su hija por una persiana verde, había un hombre grueso, rojo, de sombrero cordobés, en compañía de una mujerona brutal.
—¡Vaya canela!—dijo el hombre gordo a María, con voz ronca, echándose el sombrero hacia la nuca—, y ¡olé las mujeres en el mundo!
María se volvió a mirar a este hombre con severidad, y él la dijo:
—¡No me mire usted así, niña, que me vuelve usted loco! ¡No sabe usted lo que a mí me gustan las mujeres de mal genio!
A María le dió ganas de reír la ocurrencia. Aracil, iracundo, salió rápidamente al pasillo y le dijo al mozo:
—Hombre, a ver si hay otro cuarto más aislado, porque se están metiendo con nosotros.
—Usted querrá—dijo el mozo, desgranando socarronamente las palabras—un cuarto de los escondidos, de los recónditos, vamos.