—Sí, señor.

—Bueno, bueno. Vengan ustedes conmigo—y el mozo guiñó los ojos con malicia; les guió luego por un largo pasillo, con puertas pintadas de gris a los lados, y abrió un cuarto y encendió la luz eléctrica. Se sentía allí un olor de vino y de coñac tan fuerte, que María creyó marearse.

—¿Van ustedes a cenar?—preguntó el mozo.

—Sí.

Mientras hacía Aracil la lista de los platos, entró una florista con una cesta de claveles rojos, y ofreció sus flores a María.

—¿Quiere usted?

—Bueno.

María tomó dos claveles grandes y rojos, y como había visto a todas las pendonas que danzaban por allí con flores en la cabeza, se las puso ella también, para parecer una de tantas. Luego se asomó a la ventana; Aracil hizo lo mismo, y pasó la mano por la cintura de su hija. Estaban así, como protegidos el uno con el otro, cuando el mozo llamó:

—¡Eh, señorito, que está la cena!