María se volvió, y la expresión del camarero le hizo ruborizarse.

¡Qué opinión tendría de ella aquel hombre! Pero, en fin, esto era precisamente lo que se deseaba, que los tomaran por enamorados. Se sentaron a la mesa; ninguno de los dos sentía el menor apetito, y como Aracil pensaba que cualquier cosa podría servir de indicio para descubrirles, fué cogiendo la comida y tirándola por la ventana. No hicieron mas que beber agua y tomar café con coñac. Cuando terminó la cena el camarero se retiró, y María cerró la puerta. Ya solos, Aracil comenzó a leer un periódico; pero se excitaba de tal manera, que se ponía a temblar, y le castañeteaban los dientes.

—¿Para qué lees?—le dijo María—; hay que tener serenidad. Vamos a ver el baile.

Se oía algazara de palmas y de gritos, que llegaba del patio. Se asomaron a la ventana. Enfrente, en un cuarto galería, a la vista del público, una mujer y un hombre bailaron un zapateado al son de la guitarra. Debían de ser profesionales, a juzgar por la perfección con que se zarandeaban.

—¡Olé! ¡Venga de ahí!—gritaban unos cuantos sietemesinos, golfos y galafates, que formaban la reunión.

Un bárbaro, con una voz monótona de borracho, empezó a cantar, de un modo estúpido, una canción de cementerios y de agonías, cuando otro, imperiosamente, le dijo:

—¡Calla, imbécil!

Después, a ruego de la gente, el que tocaba la guitarra, un hombre pequeño, ya viejo, se dispuso a cantar; los señoritos y chulapones formaron un corro, y el cantador comenzó, con una voz muy baja, de recitado, y como si tuviera prisa, el tango del Espartero:

La muerte del Espartero,

en Sevilla causó espanto;