En el circo madrileño

toreó con mala suerte;

la afición, que no dormía,

le llorará eternamente.

Y el cantador dió fin con un rasguear furioso de la guitarra, y la gente del cuarto y la del patio aplaudió con entusiasmo. Pidieron que repitiese la misma canción, y volvió el hombre a cantarla de nuevo.

Aracil y María escuchaban absortos. En medio de la noche, aquel canto de fiereza, de abatimiento, de brutalidad y de dolor, producía una impresión honda y angustiosa.

—¡Qué país más terrible el nuestro!—murmuró Aracil, pensativo.

—Sí, es verdad—dijo María.

—Esa canción, ese baile, las voces, la música, todo chorrea violencia y sangre... Y eso es España, y eso es nuestra grandeza—añadió el doctor.