Padre e hija tuvieron que dominarse con un esfuerzo sobre sí mismos, para volver a sus preocupaciones. Discutieron la hora de encaminarse a la Casa de Campo.
—Cuando esto acabe y ya no haya por aquí gente, creo que será lo mejor—dijo María.
—Y ¿por dónde iremos?
—Por ahí; por ese puente que se llama de los Franceses.
—Pero yo creo que hay una estacada.
—La saltaremos.
—¡Qué valiente eres, María! Yo envidio tu serenidad; yo soy un cobarde, un harapo.
—¡Ca! Déjate de eso. Cree, por lo menos durante unas horas, que eres el mismo Cid.
Estuvieron sentados en el diván, mirando el suelo, sin decir nada; de cuando en cuando María preguntaba: «¿Qué hora es?» Aracil sacaba el reloj. No parecía sino que se habían paralizado las agujas; tan lentas pasaban las horas para ellos.
Al dar las doce, el doctor suspiró: