—Todavía tenemos dos o tres horas para estar aquí. ¡Qué horror!
—Si quieres, vamos.
—¿Te parece bien?
—¿Por qué no? Anda. En marcha.
—Bueno. Vamos.
—El doctor llamó al mozo, le pagó y le dió una buena propina; tomó otra copa de coñac, y padre e hija salieron del merendero, y, dando la vuelta a la casa, entraron en la parte de la Florida, obscura y desierta. A María le resonaban sin cesar en los oídos las notas del tango que acababa de oír.
X.
BUSCANDO EL CAMINO
Hacía una magnífica noche; el cielo, estrellado, resplandecía entre el follaje. Avanzaron los dos fugitivos a prisa, recatadamente; cruzaron un camino hondo y llegaron a la valla que limitaba la vía del tren.