—Por aquí debe haber un paso—dijo Aracil.
—Pero en la caseta habrá un guarda. No vayamos por ahí.
Siguieron a lo largo de la estacada, que era más alta que un hombre, buscando el sitio mejor para saltarla. Cerca del Puente de los Franceses, la vía estaba a mayor nivel que el terreno de ambos lados, de tal modo, que la altura de la estacada era grande por fuera, pero, en cambio, era pequeña por dentro. La caída, al saltar el obstáculo, no podía ser peligrosa.
Encontraron un punto en donde se levantaba un árbol al borde de la vía, embutido entre las estacas de la empalizada.
—Este es el mejor sitio—dijo María—. Vamos. Mira a ver si anda alguno por ahí.
—No, no hay nadie.
Aracil cruzó las dos manos fuertemente, para que sirvieran de estribo; María puso en ellas el pie izquierdo y se agarró al árbol. Al primer intento no pudo encaramarse; las faldas le estorbaron; pero luego, con decisión, apoyó el pie derecho sobre las estacas y saltó al otro lado, sin lastimarse ni desollarse las manos.
—¿Te has hecho daño?
—No. Nada. Anda tú ahora.