Aracil intentó subir a la valla, pero no pudo; se martirizaba las manos, y, convulso y jadeante, forcejeaba, hasta que, aniquilado por el esfuerzo, se sentó en el suelo, sollozando.
—Descansa, descansa un rato—dijo María—, y luego vuelves a intentar.
—¿Y si viene alguno?
—No, no vendrá nadie.
Estuvieron sentados en el suelo, a los lados de la valla. De pronto se oyó el trepidar lejano de un tren, que se fué acercando con rapidez.
—Ocúltate—dijo Aracil.
—¿En dónde?
—Junto al árbol.
Se ocultó María; Aracil se tendió en el suelo, y el tren avanzó despacio, con un estrépito de hierro formidable. Aparecieron las luces de la locomotora, y comenzaron a pasar vagones. De pronto, la máquina lanzó un silbido estridente y echó una bocanada de humo negro, llena de chispas, que saturó el aire de olor a carbón de piedra.