—Vamos a ver ahora—dijo María, cuando se perdió de vista el tren.

—Parece mentira que sea uno tan botarate—murmuró Aracil.

—Mira. Espera un momento—y María, sentándose en el suelo y tirando con violencia, arrancó el volante de su vestido.

—¿Qué haces?

María no respondió; hizo un nudo con las dos puntas del volante y lo colocó en una estaca, como un estribo. Resultó demasiado bajo, y Aracil tuvo que hacer otro nudo. Luego apoyó el pie y vió que se sostenía; se agarró al tronco del árbol, y, con alguna dificultad, logró saltar, no sin desollarse las manos y lastimado un pie. Al asalto, el gabán del doctor cayó fuera de la vía.

—Vamos—dijo Aracil.

—No; hay que coger el gabán. Si lo dejamos en el suelo, pueden averiguar por dónde nos hemos escapado.

Con ayuda del bastón recobraron el abrigo, guardaron el volante roto y echaron a andar por la vía. Comenzaron a cruzar despacio el Puente de los Franceses, pasando por encima del camino de la Florida y de la carretera del Pardo. Abajo, en un merendero, se zarandeaban unas parejas al son de un organillo. Atravesaron el río, pasaron por delante de la casilla, iluminada, de un guardagujas y entraron en la Casa de Campo. Nadie les salió al encuentro. Avanzaron por la posesión real rápidamente, subieron el talud de la trinchera por donde iba la vía, cruzaron la estacada, en la cual faltaban varias estacas, que dejaban hueco de fácil paso, y salieron a terreno de árboles y matas.

Marchaban los dos entre la maleza, desgarrándose las ropas, sin querer tomar el camino. Aracil iba callado; María tarareaba, sin querer, el tango que acababa de oír. No podía olvidar esta canción; la obsesionaba y perseguía de una manera fastidiosa y molesta.

Perdían mucho tiempo marchando por entre los árboles. Además, era imposible orientarse. No tuvieron más remedio que salir al camino, y, después de andar mucho, Aracil, manifestando un profundo desaliento, dijo: