—La casa de Isidro no está por este lado de la vía, sino por el otro. Tendremos que bajar y volver a subir, y yo estoy rendido.
—No, no es necesario; hay un puente allá.
Efectivamente, había uno por encima de la vía. Lo atravesaron rápidamente, y, poco después, vieron a una pareja de guardias civiles. Se ocultaron María y Aracil entre los árboles; cuando los guardias se perdieron de vista, siguieron andando, pero sin atreverse a marchar por el camino.
Ya comenzaba a clarear; las estrellas palidecían, las ramas de los árboles iban destacándose más fuertes en el cielo, todavía obscuro. Aracil se ponía los anteojos, miraba a un lado y a otro y se orientaba. Se acercaron a la tapia de la posesión real, y el doctor reconoció la casa de Isidro el guarda: una casa pequeña, que tenía un gran emparrado. La puerta aun no se había abierto.
—¿Qué hacemos?—preguntó Aracil—. ¿Llamaremos?
—No; habrá que esperar a que abran.
—Sí; será lo mejor. Vamos a ocultarnos por aquí.
Se tendieron en la hierba húmeda de rocío, entre los árboles y frente a la casa del guarda, y, una vez uno y otra vez otro, aguardaron a que se abriera la puerta. Estuvieron así más de media hora; el cielo se aclaraba por instantes, los pájaros piaban en la espesura. De pronto, María dijo:
—Han abierto una ventana.