Luego, al cabo de poco tiempo, se abrió la puerta.

—Ahora ha aparecido un hombre en mangas de camisa.

Aracil se puso los anteojos y miró: era Isidro. El guarda abrió un corral, de donde salió una nube de gallinas.

—Creo que ya debes ir—dijo María.

Aracil, con el corazón palpitante, se levantó y se acercó al guarda. Este, al ver a aquel hombre lívido y destrozado, se detuvo, sin reconocerlo.

—Soy Aracil. Enrique Aracil, el médico, que viene huyendo—dijo el doctor, con voz lastimera como un sollozo—. Vengo a que usted me proteja.

El guarda agarró del brazo al doctor y, empujándolo violentamente, lo metió por la puerta del corral, que acababa de abrir.

—Entre usted ahí—le dijo al mismo tiempo.

María, al presenciar lo ocurrido, se sobresaltó.