—¿Qué pasará?—se dijo.
La brusquedad del guarda quedó pronto explicada, porque, un momento después, una mujer, con un cesto de ropa en la cabeza, salió de la casa, y, tras una corta charla con Isidro, se fué. Entonces el guarda volvió a buscar al doctor.
—Ahí está mi hija—le dijo Aracil.
Isidro fué a su encuentro, y les hizo pasar a los dos a un corralillo.
—¿Cómo han venido hasta aquí? ¿No les ha visto nadie?
—Nadie—y María contó lo que habían hecho para llegar.
—Muy bien—exclamó el guarda.
Aracil quiso explicar lo ocurrido con el anarquista, pero balbuceaba, sin encontrar las palabras.
—No me tiene usted que decir nada, don Enrique—interrumpió el señor Isidro—; usted me necesita a mí, y yo tengo la obligación de servirle a usted. Y si usted pide la vida, también. ¿Que usted no ha querido denunciar a un amigo? El mismo rey no hubiera podido hacer otra cosa. Vale más ir a presidio para toda la vida que no denunciar a un hombre.
El señor Isidro tenía sentimientos hidalguescos. Era lógico en un español, y quizá en todo hombre sencillo que considerase la ley de la hospitalidad como una ley superior a toda otra social o ciudadana. Luego de exponer sus ideas acerca de este punto, el guarda añadió: