—Sí.
—Pues yo les traeré unos cuantos celemines de habichuelas y de garbanzos, y todos los días matan una gallina o dos.
—No, no hay necesidad—dijo María.
—Bueno; pues yo enviaré un trozo de cecina para hacer una miaja de puchero. Aquí tienen ustedes leña.
—Muy bien. ¡Muchas gracias!—exclamaron padre e hija a la vez con efusión.
—Las gracias a ustedes—contestó el señor Isidro—. Bueno; pues ahora vengo con todo. Yo tengo la llave del corral, y aquí no entra nadie... Y, paciencia, que las cosas del mundo conforme sean se toman.
El señor Isidro salió del corralillo, y María y Aracil se hicieron lenguas de la nobleza de este hombre. Ciertamente, su cara no indicaba, ni mucho menos, su bondad; tenía un tipo de facineroso para dar miedo a cualquiera. Estaba curtido por el sol, y gastaba bigote y patillas de boca de hacha, ya grises. Llevaba sombrero blanco, traje de pana y polainas.
Volvió el señor Isidro al poco rato, y en varios viajes llevó lo que necesitaban los fugitivos, y encendió fuego.
—Ahora, lo que deben ustedes hacer es dormir. Y tranquilidad, que no dan con ustedes ni con podencos. Yo echaré un vistazo a la comida, y ustedes a descansar.
Y el guarda tomó una escalera de mano y la apoyó en la pared de una casucha encalada que había en el fondo del corralillo. Aracil y María subieron por ella y entraron por una ventana en el pajar. Ninguno de los dos pudo dormir en paz. Aracil se despertaba a cada momento, hablando; María soñó que estaba en un pueblo ceniciento, en donde todo el mundo huía sin saber de qué, y, de cuando en cuando, en alguna calle o plazoleta, había un hombre cantando una canción, y la canción era siempre la misma: el tango oído por ella en el merendero.