XI.
LO QUE DIJERON LOS PERIÓDICOS

La vida en aquel rincón fué para los dos fugitivos muy extraña y distinta de la normal. Se levantaban de madrugada, cuando oían al señor Isidro llamando a sus gallinas, y desde aquellas horas comenzaba para ellos una serie de operaciones que les distraía.

Por la mañana, Aracil, con una paciencia inaudita, machacaba entre dos piedras granos de cebada y avena, y con la especie de harina gruesa que quedaba hacía una pasta, que les servía, como un puré, para el desayuno. Después, sólo con el cuidado de hacer hervir la olla se pasaban toda la mañana.

María se entretuvo en quitar las iniciales a la poca ropa blanca que llevaban encima. Una de las preocupaciones del doctor Aracil fué la de curtirse al sol para quedar más desconocido; tenían padre e hija la cara blanca de los que no andan a la intemperie, y todos los días los dos se pasaban largos ratos al sol, para ir ennegreciendo.

Entre la comida, el tomar el sol y discutir proyectos de fuga, tuvieron, al principio, ocupación bastante.

El segundo día, el señor Isidro les dejó por la mañana un periódico. Lo leyeron, y renovó en ellos las tristezas y las angustias. No habían cogido todavía a Brull, y se perseguía como cómplice al doctor.

Las noticias más interesantes para Aracil publicadas por los diarios eran éstas: