XII.
LA DESPEDIDA DE BRULL
Tres días después de enviada la carta, los periódicos trajeron una noticia sensacional: la muerte de Brull. Una mañana, al amanecer, se oyeron dos tiros en una casa de la calle de San Mateo. El sereno y los guardias de servicio llamaron en la casa en donde se habían oído las detonaciones; despertaron a la portera y reconocieron todos los cuartos. Ya se iban a marchar, cuando uno de ellos vió que por debajo de la puerta de una guardilla deshabitada salía un reguero de sangre. Descerrajada la puerta, los guardias encontraron el cuerpo de Nilo Brull, que acababa de expirar. El anarquista se había suicidado. Junto a él, en un cuaderno escrito con lápiz, encontraron los guardias una carta de despedida del anarquista, que publicaron y comentaron los periódicos.
Decía así:
«A los españoles.
»Momentos antes de morir, frío, tranquilo, con el convencimiento de mi superioridad sobre vosotros, quiero hablaros.
»Durante toda mi vida, la sociedad me ha perseguido, me ha acorralado como a una fiera. Siendo el mejor, he sido considerado como el peor; siendo el primero, se me ha considerado como el último.
»Daría los motivos de mi Gran Obra de Altruísmo, si los españoles pudieran comprenderme; pero tengo la seguridad de que no me comprenderán, de que no pueden comprenderme. Los esclavos no se explican al rebelde, y vosotros sois esclavos, esclavos todos, hasta los que se creen emancipados. Unos del rey, otros de la moral, otros de Dios, otros del uniforme, otros de la ciencia, otros de Kant o de Velázquez.
»Todo es esclavitud y miseria.