»Sólo en cualquier noche antes del atentado, cuando tiraba desde el balcón una naranja, para ver dónde caía en la calle, y poder precisar el modo de echar la bomba, tenía yo más emociones que todos ellos.

»Sí. Me he resarcido en grande.

»En el último momento, al tomar la bomba entre las manos, y al inyectarle la nitrobencina, temblaba: «Tiembla, grande hombre, me dije a mí mismo; tienes derecho a eso y a más.»

»¡Y cuando la lancé, rodeándola con flores! Al estallar, creí que se me desgarraban las entrañas.

»Algo semejante debe sentir la mujer al parir. Yo acababa también de dejar en el mundo algo vivo.

»Antes de mí, en España no había nada. ¡Nada! Después de mi Gran Acto vivía ya un ideal: la Anarquía. Yo lo acababa de echar al mundo en aquel momento terrible.

»Si hubiese posibilidad de comparación entre el autor de un hecho individual obscuro y sin trascendencia y el autor de un acontecimiento que habrá conmovido el mundo, diría que mi estado de automatismo cerebral, desde que pensé mi Obra hasta que la realicé, era idéntico al de Raskolnikof, en Crimen y Castigo, de Dostoievski.

»Creo que pocos hombres hubieran tenido mi serenidad. En el momento terrible, cuando estaba en el balcón con la bomba en la mano, vi en la calle unas cuantas muchachas que reían. Sin embargo, no vacilé. Implacable como el Destino, las condené de antemano a la muerte. Era necesario.

»He realizado mi Gran Obra y la he realizado solo y con éxito.

»Creo que mi atentado es el más grande de cuantos se han cometido. Todos los españoles, si no fueran cretinos, debieran agradecerme, todos, el rey, porque he dignificado su cargo; la burguesía, porque ante el peligro parece menos egoísta y vil; el pueblo, porque ha aprendido de mí la forma más eficaz y más enérgica de la protesta.