»He tenido un instante de debilidad, es cierto, al acogerme en casa del doctor Aracil. No me arrepiento. Este instante pasajero de flaqueza me ha permitido tener, en el último momento, la conciencia de mi vida y de la magnitud de mi obra.

»Me voy a hundir en la nada incrustándome una bala en el corazón. Deshacer mi cerebro, disparar contra él, me parecería un sacrilegio. Además, no lo podrían estudiar los médicos, y como este cerebro no encontrarán muchos.

«Adiós.

Nilo Brull.»

Aracil, al leer esta carta, quedó pensativo.

La parte teatral, enfática, el bello gesto de mediterráneo que había dejado Brull, le producía cierta envidia.

—La verdad es que era todo un hombre—murmuró.

Luego, volviendo sobre su sentimiento, pensó en la fuerza de ilusión que tiene el hombre para convertir las acideces de su estómago y las irritaciones del hígado en motivos idealistas y metafísicos...

Se pudo seguir el camino llevado por el anarquista, saltando tejados desde el cuarto de la casa del doctor Aracil, hasta allí.